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Judaísmo

Alegría en tu corazón

Cada cosa que Hashem trae a nuestras vidas es buena, porque proviene de Él

(Picture: Shutterstock)
Recibir besorot tovot no siempre es fácil, y en especial si lo que la otra persona recibió, adquirió o le sucedió es precisamente lo que tú estás esperando. Esto puede ser una prueba muy difícil, e incluso incómoda. Tener que sonreír y decir “mazal tov” cuando en realidad dentro de tu corazón sientes envidia, te hace sentir mal; nadie quiere ser falso y hay una idea importante en el judaísmo que todos queremos cumplir, que es “ejad ba-lev, ejad ba-pe”, o sea, ser sincero con lo que estás diciendo (vale decir, no decir las cosas “de la boca para afuera”).

Ahora viene la Torá ha-kedoshá y nos dice lo que enseñó el anciano Hilel, o sea, que todas las enseñanzas de la Torá se pueden sintetizar en una sola frase: “No le hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti” (cuya contraparte positiva sería: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”).
La pregunta es – cómo llegar a ese nivel.

Cada uno de nosotros realmente desea que los demás compartan su alegría y quiere realmente ser partícipe de la alegría de los demás. Ahora bien, digamos que tienes una hija en shidujim y hace mucho tiempo que están buscando y tienes muchas pruebas en ese ámbito; de hecho, sientes que está todo atrancado. Pues bien: un día te enteras de que una de tus mejores amigas tiene a su hija, (que, dicho sea de paso, es mucho menor que la tuya) que recién está empezando con el tema de shidujim. ¿Y sabes qué? ¡Resulta que se compromete con el primer chico con el que sale! Algo increíble: un chico de buena familia, con excelentes rasgos de carácter – en una palabra: una joyita de muchacho.

Tener felicidad por la otra persona, como si ese acontecimiento tan alegre te hubiera sucedido a ti mismo, exige avodat ha-midot, o sea, trabajar para mejorar tus rasgos de carácter, para mejorar como persona.

Y la pregunta es inevitable: ¿de dónde sacamos esta grandeza, de dónde obtenemos esa fuerza que hace falta para sentirse feliz con la alegría de los demás? Porque, a decir verdad, no somos malas personas; no queremos escuchar ni desgracias ni problemas. La neshamá es tehorá, el alma es pura: solamente quiere saber de alegrías.  Está escrito acerca de Aarón: “ve-samaj be-libó” (y se alegró en su corazón) con respecto a Moshé, cuando vio que este iba a ser el líder y no él, que era el hermano mayor. Y surge el interrogante: ¿cómo podemos llegar a ese nivel?

En su obra magna, el Alei Shur (perek sheni, vaad de Simjá), el Rab Wolbe escribe con respecto a la Guemará que dice “Ein maljut nogaat be-javeratá ke-meló nimá. Lajen jaiav adam lekabel et-atzmó kefi she-hu u-lihiot merutzé im kol ma-she iesh lo, hen be-rujaniot hen be-gashmiut ve-zu omkó be-simjá”. Me refiero a que nadie puede siquiera tocar lo que le está destinado al otro. La persona tiene que aceptarse a sí misma tal como es y estar contenta con lo que tiene, tanto en el aspecto espiritual como en el aspecto físico. Y esa es la profundidad de la simjá, la alegría: estar compenetrado con lo que yo tengo, (sameaj be-jelkó) para poder realmente disfrutar lo que a mí me tocó vivir.
 
Cuando sientes plenitud con todo lo que Hashem te dio, no tienes tiempo de mirar interesado la vida de los otros.

Una amiga me contó que, en la noche de la boda de su hija, cuando le tomó la mano para llevarla a la jupá, se sorprendió de no reconocer la forma de la mano de su hija: “¿Veinte años?  ¡Yo crie a esta niña y nunca me detuve a observar detalles como sus manos, sus uñas…!”. Esta mujer estuvo tan ocupada en tantas cosas de la vida, tan distraída con el trajín diario, que nunca se detuvo a observar algo tan simple y a la vez tan importante como la mano de su hija.
 
Tal vez esta pequeña historia no parezca “trascendental”, pero nos hace pensar en el concepto de “sameaj be-jelkó”. Porque esta niña, esta hija, es tu jelek: conócela, ámala, vive plenamente todo lo que Hashem te da y te otorga.

Debemos asegurarnos de que, a cada momento, a cada instante, cada día, estemos tan llenos de lo que tenemos, tan plenos, tan satisfechos, que no quede lugar para la envidia, que ni siquiera nos detengamos a pensar en lo que tienen los demás. Y así es como podremos realmente “lefarguén”, que es un término en yiddish que significa disfrutar de las buenas noticias que escuchamos de los demás, que en realidad son también las tuyas, ya que tú también pediste por ellos.

Un día, charlando con una peanit (peluquera), entre peluca y peluca, ella me dijo: “¿Sabes qué?  Yo amo mi trabajo. Soy tan feliz. Me encanta lo que hago: atender a las señoras, arreglar sus pelucas, hacer que luzcan más bonitas… es algo que me llena de alegría”. Una persona así se va a alegrar cuando su vecina se recibe de ingeniera, de doctora o de alta costurera, porque ella misma está contenta con lo que hace. Al amar lo que hacemos, y al hacer cosas que amamos, vamos a sentirnos libres de disfrutar y gozar del bienestar de los demás.

Recuerdo el día después de mi casamiento. Era un viernes a la mañana y fui a hacer una pequeña compra para la casa (¡qué emocionada estaba de hacer compras para mi casa!). Caminando por las calles de Jerusalem, con mi flamante kisui rosh, sentí repentinamente una alegría exagerada. Quería gritar a toda voz para que todo el mundo supiera: “¡Soy una mujer casada! ¡Soy una mujer casada!”. Hoy, después de casi treinta años, sigo siendo una mujer casada. ¿Si siento ese mismo deseo de proclamar mi estado civil a toda voz? Probablemente no. Pero sé que tengo que sentir una tremenda alegría de que gracias a Dios pertenezco al mundo de las mujeres casadas. No sólo por pensar que no toda mujer se casa, no sólo por saber que mucha gente se divorcia, sino por el hecho en sí mismo de ser casada, de tener a mi marido, de tener hijos. Estar llenos de la brajá que Hashem nos da es la mejor receta para poder alegrarnos de las alegrías de los otros. Cuanto más estemos contentos con nuestro jelek (parte), más vamos a poder sentir simjá por el otro.  

Cada cosa que Hashem trae a nuestras vidas es buena, porque proviene de Él. No nos falta nada. El solo hecho de ser consciente de esto me libera y me da la posibilidad de disfrutar de las alegrías de los otros.

En vez de mirar con codicia el anillo de diamantes de mi compañera de trabajo, soy capaz de disfrutar del anillo que tengo yo, ese simple anillo con una perlita, que tal vez me compró mi hija en una simple tienda de barrio...

Nuestra vida está llena de brajot. Tenemos exactamente lo que necesitamos para cumplir nuestro tafkid (misión) en el mundo. Nadie puede tocar lo que fue designado para mí.

Y ahora, ya libre, podré bailar y alegrarme de todo corazón en todas las smajot de Am Israel.

¡Besorot tovot!